Debe haber una manera de hacer que las agujas del reloj se enlentezcan un poco. Y este deseo no tiene nada que ver con arrugas ni radicales libres. Es, simplemente, la necesidad de que las horas no pasen al lado mío sin que yo me dé cuenta. Si lograra observar cada segundo que transcurre y que yo vivo, podría conseguir que el tiempo no fuera tan soberbio. Sería bueno que colaboráramos juntos: el tiempo y yo, como Platero. Como amigos entrañables.
viernes, 15 de febrero de 2008
miércoles, 6 de febrero de 2008
De cerca y de lejos
Estar adentro o estar afuera, estar cerca o estar lejos, es lo mismo que decir cielo y tierra. Porque desde cada uno de esos lugares (adentro, afuera, cerca, lejos) se ve el mundo de una manera tan diferente como si uno fuera dos personas. El desafío es quedarse en el cuerpo de la persona más feliz de las dos que somos.
domingo, 20 de enero de 2008
El amor de Gunga
Durante muchísimos años de mi vida, he tenido un perro junto a mí. Los años sin perro se mezclan con departamentos pequeños o, mucho más atrás en el tiempo, con una época en la que mis viejos aún no sentían ninguna culpa. Porque, cuando la sintieron, lo primero que hicieron fue llevarme hasta Quilmes en el auto y darme la inmensa alegría de poder elegir entre tres cachorros de policía devaluados. Y allí la elegí a Gunga, a la que amé intensamente.
Pero tuvieron que pasar muchos años hasta saber que un perro elige también a su amor, y Gunga no me había elegido a mí, sino a mi viejo. Por algo habrá sido. Y tal vez ésta sea la razón: en su infancia, mi viejo había tenido una perra llamada también Gunga (él fue el que propuso el nombre, como verán, a la nueva mascota), y quién les dice que nuestra Gunguita no era la reencarnación de aquella que, agradecida porque mi viejo la había ubicado feliz y nuevamente en la Tierra, lo eligió como el ser al que se debía esperar detrás de la puerta de entrada cada tardecita.
No había caso con Gunga y conmigo. Yo la amaba, pero ella miraba hacia otro lado. Hoy estarán juntos. Gunga no se habrá cansado nunca de esperar a mi viejo detrás de las puertas del cielo, durante muchos años.
domingo, 23 de diciembre de 2007
La idea de lo eterno
No concebimos otra cosa que la eternidad para nosotros mismos. Siempre habrá un día más en nuestras vidas. Siempre habrá una hora más. Al no saber el momento exacto de nuestra muerte, la única posibilidad que tenemos de entender nuestra vida es a través del concepto imperfecto de eternidad. Y es “imperfecto” porque lo sabemos falso. Pero es igualmente descriptivo de lo eterno; de una eternidad prosaica, tangible, pobre, pero productiva.
El desconocimiento del momento en que se producirá nuestra muerte genera esta peculiar idea de eternidad. Y esta idea es, además, la que nos permite soportar nuestra interminable finitud.
Raíces
lunes, 10 de diciembre de 2007
Mezclas nocturnas
Los balcones, parejitos, sostienen las sombras de la noche. Como palomas negras, la oscuridad se acurruca y sueña sobre las barandas. Parece que todos durmieran, pero no es así. Están aquellos que piensan en los otros a esta hora. Y la inquietud crece como un edificio, mientras nos imaginamos que es la tristeza la que los mantiene despiertos. Entonces, toda la noche se abandona en un inmenso plano oscuro, en donde unos duermen y otros no saben ni cómo empezar a soñar.
sábado, 8 de diciembre de 2007
Fidelidad
La tercera noche
La noche tiene el poder casi siniestro de señalarte con el dedo el lugar que más te duele. Pero si no hay heridas a la vista, ella también es capaz de alzarte hasta la altura que prefieras, y dejarte flotando en medio de una felicidad que se mece como un mar apenas ondulado.
'Quiero que nadie sepa qué está haciendo la noche hoy conmigo: si me señala inclinada con un gesto brujeril, o si se viste de madraza para mecerme en el aire, con brazos de verano, dejándome dormir mi mejor sueño.
Como nada es blanco y nada es negro en nuestro espíritu, he sentido, a veces, la mezcla de dos noches en mi alma. Una noche más, la tercera, diferente, híbrida pero fecunda. La que menos te ayuda a entender, la que se divierte y llora tristemente de risa. Aquella que te mira a los ojos y en la nuca. La que te obliga a voltearte tan rápidamente para tratar de comprender por qué nada se entiende. Cuando estamos tan solos como en un vientre, como en una esquina esperando el cambio del semáforo. La tercera noche dificulta la vida, pero no te asesina.
Ya estarás sospechando desde qué noche te escribo. No pude evitarlo. Me llamaste recién y me pusiste el cielo abajo y la tierra arriba. Pero la bruja ya aceita, sin embargo, su índice con una lentitud casi morbosa. Y la madraza prepara su nido, demorándose sin ninguna maldad.
No sé a dónde irán a parar mis huesos en un par de minutos, cuando ambas noches choquen en la mitad de su intento por acercarse a mí. Un big bang de dolores y sonrisas lloverá, quizás, desde mi techo. Que vengan hechos lluvia, cielorraso partido. Que me cubran y deseen buenas noches.
jueves, 6 de diciembre de 2007
Tiempo tonto
No sé qué decirte o qué esperás que diga. No me ha caído encima ningún maleficio. No he sido señalada por el dedo de Dios o la cola del Diablo. No soy otra. Aunque, sí, algo distinta.
Tal vez el tiempo se desbocó espantado al despertarse. Lo vi llevarse, atolondrado, las sillas por delante, y con su cadera zumbante tirar al suelo todos los papeles de la casa.
Se espantó al verse despierto y notar que en su muñeca, también, tenía un reloj que avanzaba y que, hasta ayer, nunca había visto.
Le enseñaré a leer la hora, como a los chicos, pero algún truco inventaré para que atrase.
martes, 13 de noviembre de 2007
Ruego
Pocas palabras
La familia parece un racimo asido a la manija de la heladera. Pero la fruta mayor es, sin dudas, la mujer, que dice: “Esta es la que más me gusta”, y abre la puerta dejando ver el interior impecable del artefacto en venta. El marido y los cuatro hijos abren sus ojos al unísono, y alguno se acerca y toca con respeto los estantes de acrílico. Hay decenas de heladeras y es difícil elegir, pero ella ya sabe cuál será la compañera que entrará en su cocina.
Los niños siguen a sus padres hacia el mostrador, como una cola de banderitas movida por el viento. Al rato, se van aburriendo. Los padres hablan de cuotas, fletes y garantías. Los chicos, con sus miradas perdidas en direcciones cruzadas, andan volando lejos . Una heladera soporta apenas media hora de conversación.
