Durante muchísimos años de mi vida, he tenido un perro junto a mí. Los años sin perro se mezclan con departamentos pequeños o, mucho más atrás en el tiempo, con una época en la que mis viejos aún no sentían ninguna culpa. Porque, cuando la sintieron, lo primero que hicieron fue llevarme hasta Quilmes en el auto y darme la inmensa alegría de poder elegir entre tres cachorros de policía devaluados. Y allí la elegí a Gunga, a la que amé intensamente.
Pero tuvieron que pasar muchos años hasta saber que un perro elige también a su amor, y Gunga no me había elegido a mí, sino a mi viejo. Por algo habrá sido. Y tal vez ésta sea la razón: en su infancia, mi viejo había tenido una perra llamada también Gunga (él fue el que propuso el nombre, como verán, a la nueva mascota), y quién les dice que nuestra Gunguita no era la reencarnación de aquella que, agradecida porque mi viejo la había ubicado feliz y nuevamente en la Tierra, lo eligió como el ser al que se debía esperar detrás de la puerta de entrada cada tardecita.
No había caso con Gunga y conmigo. Yo la amaba, pero ella miraba hacia otro lado. Hoy estarán juntos. Gunga no se habrá cansado nunca de esperar a mi viejo detrás de las puertas del cielo, durante muchos años.
domingo, 20 de enero de 2008
El amor de Gunga
domingo, 23 de diciembre de 2007
La idea de lo eterno
No concebimos otra cosa que la eternidad para nosotros mismos. Siempre habrá un día más en nuestras vidas. Siempre habrá una hora más. Al no saber el momento exacto de nuestra muerte, la única posibilidad que tenemos de entender nuestra vida es a través del concepto imperfecto de eternidad. Y es “imperfecto” porque lo sabemos falso. Pero es igualmente descriptivo de lo eterno; de una eternidad prosaica, tangible, pobre, pero productiva.
El desconocimiento del momento en que se producirá nuestra muerte genera esta peculiar idea de eternidad. Y esta idea es, además, la que nos permite soportar nuestra interminable finitud.
Raíces
lunes, 10 de diciembre de 2007
Mezclas nocturnas
Los balcones, parejitos, sostienen las sombras de la noche. Como palomas negras, la oscuridad se acurruca y sueña sobre las barandas. Parece que todos durmieran, pero no es así. Están aquellos que piensan en los otros a esta hora. Y la inquietud crece como un edificio, mientras nos imaginamos que es la tristeza la que los mantiene despiertos. Entonces, toda la noche se abandona en un inmenso plano oscuro, en donde unos duermen y otros no saben ni cómo empezar a soñar.
